DALES, SEÑOR, EL DESCANSO ETERNO

Y BRILLE PARA ELLOS LA LUZ QUE NO TIENE FIN.

La fe de la Iglesia
Proclamamos que todo ser humano existe pura y simplemente por el amor de Dios que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva en cada instante. La creación del varón y la mujer, a su imagen y semejanza, es un acontecimiento divino de vida, y su fuente es el amor fiel del Señor. Luego, sólo el Señor es el autor y el
dueño de la vida, y el ser humano, su imagen viviente, es siempre sagrado, desde su concepción, en todas las etapas de la existencia, hasta su muerte natural y después de la muerte. La mirada cristiana sobre el ser humano permite percibir su valor que trasciende todo el universo: “Dios nos ha mostrado de modo insuperable cómo ama a cada hombre, y con ello le confiere una dignidad infinita. (DA 388)
Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor (II Co 5,8). La resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe cristiana; y es predicada como una parte esencial del Misterio pascual desde los orígenes del cristianismo: Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce. (I Co 15,3-5) Por su muerte y
resurrección, Cristo nos libera del pecado y nos da acceso a una nueva vida: a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos… también nosotros vivamos una nueva vida (Rm 6,4). Además, el Cristo resucitado es principio y fuente de nuestra resurrección futura: Cristo resucitó de entre los muertos, como primicia de los que durmieron… del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo (I Co 15,20-22).

Si bien es verdad que Cristo nos resucitará en el último día, no es menos cierto que nosotros, de alguna manera, ya
hemos resucitado con Cristo. En el Bautismo fuimos sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo y asimilados sacramentalmente a él: sepultados con él en el bautismo, con él habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos (Col 2,12). Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes
participamos, ya realmente, en la vida celestial de Cristo resucitado como miembros de su Cuerpo (cf. Ef 2, 6). Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo y está cargada de esperanza. La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia: la vida de los que en ti
creemos, Señor, no termina, se transforma: y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo (Prefacio). Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma.
También en nuestros días, la Iglesia está llamada a anunciar la fe en la resurrección. Dice Tertuliano: la resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella.

La tradición de la Iglesia
La Iglesia aconsejó siempre la costumbre de sepultar a los difuntos como un modo, unido a la muerte, sepultura y resurrección del Señor Jesús, de expresar la fe y la esperanza en la resurrección de los cuerpos. Sin embargo, la cremación, de suyo, no está en contra a ninguna verdad natural o sobrenatural. Salvo cuando se pretenda, con ella, contradecir alguna negación de las enseñanzas del Señor, o la dignidad de la persona, o la esperanza que los cristianos tenemos en la Vida Eterna. Tanto en el caso de sepultura como en el de la cremación se anima a los
fieles a depositar los restos de sus seres queridos en lugares sagrados en virtud de la compasión y el respeto debido a los cuerpos de los fieles difuntos, que mediante el Bautismo se han convertido en templos del Espíritu Santo y de los cuales, como herramientas y vasos, se ha servido piadosamente el Espíritu para
llevar a cabo muchas obras buenas (San Agustín). Tener a nuestros difuntos en lugares sagrados favorece el recuerdo y la oración por los difuntos por parte de los familiares y de toda la comunidad cristiana, y su veneración junto a los mártires y a los santos. La Iglesia custodia de este modo la comunión entre los vivos y los muertos como un modo de confesar públicamente la fe en la resurrección. Es por esto que la Iglesia al considerar la necesidad del cuidado y la veneración del cuerpo de los fieles difuntos dice: Sería provechoso que en determinados templos, ya sean parroquias, iglesias o santuarios, se diera un espacio físico a las cenizas de los cuerpos de los hermanos difuntos, con la mesura y decoro que la Iglesia siempre ha mostrado en este aspecto.

El uso en nuestra comunidad parroquial
En nuestra Parroquia, atendiendo a las necesidades que plantea la vida urbana moderna, se ofrece un lugar digno y sagrado en ámbito del atrio del Templo donde pueden depositarse las cenizas de los difuntos.
La Parroquia lleva un registro de los datos de las personas cuyos restos son depositadas en el cinerario.
La inscripción deberá realizarse con anticipación en la secretaria parroquial hasta diez días antes de la fecha en que se depositarán las cenizas.
Un familiar o un responsable debidamente acreditado dejará constancia con su firma de su acuerdo con las disposiciones de la parroquia en torno a este servicio.
Para la inscripción deberán concurrir con el original de la partida de defunción y el DNI (también original) del difunto. Deberán informar la fecha y lugar de Bautismo del difunto, y la persona que se hace responsable deberá presentar su DNI (original).
La celebración durante la cual se depositan las cenizas de los difuntos se realizan los primeros y terceros miércoles de cada mes a las 19:00, salvo el mes de noviembre en cuyo caso se celebra el día 2 (indistintamente del día de la semana que resulte) dado que es la Conmemoriación de los fieles difuntos (además del 3º miércoles). Al final de la celebración de la Misa, que se ofrecerá especialmente por los difuntos, se avanzará en procesión hacia el cinerario donde se hará la Última Recomendación,

rito durante el cual se depositarán los restos de los difuntos.
En el cinerario solo se depositan cenizas de difuntos, sin urnas ni otros objetos.
Los restos deben ser traídos a la Parroquia hasta el día anterior de la celebración en el horario de secretaria parroquial.  El cinerario y las inmediaciones del mismo se conservará libre de placas recordatorias, u otros objetos de ornamentación particular.
Una vez depositadas las cenizas no podrán ser retirardas. El servicio es gratuito y no hay motivos para que quien no posee medios económicos deje de acercar los resstos de sus difuntos para que descanse en
nuestro templo parroquial. Sin embargo, los invitamos a colaborar con el sostenimiento de la actividad pastoral de la parroquia donando por única vez, y por cada difunto, la suma de $ 3.000. La cifra es indicativa. Quien pueda y quiera colaborar con más, está invitado a hacerlo y quien no llegue a la cifra indicada, con alegría y paz puede dar lo que le dicte el corazón. Quisiéramos invitarlos a considerar, dado que fuera de este aporte sugerido el hecho que sus seres queridos descansen en el cinerario parroquia no significa un compromiso económico regular, y considerando que hay gastos ordinarios de mantenimiento 
del cinerario y de la Parroquia y sus obras, si no sería oportuno, y en memoria de quien descansa al amparo de Nuestra Señora del Socorro y del Señor de los
Milagros, suscribir un aporte mensual caritativo, aunque sea pequeño, para el sostenimiento del Hogar Albisetti. En caso afirmativo les pedimos que soliciten en Secretaría el formulario de adhesión correspondiente.

Muchas gracias por la ayuda.
Para meditar
Tiempo después de muerta su Madre recibió Agustín en sueños esta voz de su madre...

No llores si me amas. Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo...Si pudieras oír el cántico de los ángeles y verme en medio de ellos. Si por un instante pudieras contemplar, como yo, la belleza, ante la cual todas las demás bellezas palidecen. ¿Me has amado en el país de las sombras y no te resignas a verme en el
país de las realidades eternas? Créeme, cuando llegue el día que Dios ha fijado, y llegues a este Cielo, al que te he precedido, volverás a ver a este corazón que siempre te ama, con todas sus ternuras purificadas, sus luchas ya terminadas, transfigurado y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando contigo por
senderos de luz. Enjuaga tu llanto, no llores si me amas. Y ante su propia muerte dijo: Yo muero, pero mi amor no muere. Los amaré en el cielo como los amé en la tierra. Sean virtuosos, no lloren ni se dejen dominar por
la tristeza, voy al cielo, donde los espero mediante la bondad de Dios. Queda a los que lloren lo que hay de más hermoso: la esperanza de encontrarnos en el cielo. Entretanto, sobre la tierra, queda el recuerdo de sus consejos y el ejemplo de su vida.
Para rezar
Padre de bondad, encomendamos a tu cuidado a nuestro hermano(a) N,
sostenidos por la esperanza de que en el último día resucitará con Cristo junto
con todos los que han muerto en Él. Te damos gracias por todos los beneficios
con los que lo(la) favoreciste durante toda su vida; beneficios que para nosotros
son signos de tu bondad y expresión de la santidad que brota de la comunión con
Cristo. Por eso, Señor, escucha con misericordia nuestros ruegos: abre para N las
puertas del Paraíso. Concédenos a los que permanecemos en esta vida, la gracia
de poder consolarnos mutuamente con palabras de esperanza hasta que
lleguemos a Cristo y vivamos para siempre contigo y con N. Por Jesucristo nuestro
Señor. Amén

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